Muere Ascensión Mendieta, nos queda su dignidad

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Entre los miles de víctimas del franquismo, Ascensión Mendieta se convirtió en símbolo de todas ellas cuando a los 88 años recorrió 10.000 kilómetros para que una jueza argentina escuchara el relato de las voces silenciadas en España.

La magistrada María Servini ordenó la apertura de la fosa común donde había sido arrojado el cuerpo de Timoteo Mendieta, un sindicalista fusilado en junio de 1939 por permanecer leal a la democracia.

"Solo quiero que me entierren con mi padre", repetía cada vez que algún micrófono estaba dispuesto a amplificar una lucha escondida en los más profundo de la desmemoria. Ahora, a los 93 años, Ascensión podrá descansar junto a su padre, y deja tras de sí un legado de dignidad para un país que nunca ha sabido estar a la altura de sus muertos.

En 2017, gracias al trabajo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica y a las donaciones de personas de todo el mundo, la fosa número 2 del cementerio de Guadalajara se abría para arrojar algo de luz sobre la oscuridad de la represión y los crímenes del franquismo.

Timoteo Mendieta era carnicero en Sacedón (Guadalajara), su pueblo natal, y presidente de la UGT en el municipio. "Tenía un pequeño puesto en la plaza, pero cuando llegó la guerra nadie le compraba por las ideas que defendía", recordaba Ascensión. Con el golpe de estado desangrando las entrañas en cada paso, Timoteo se vio obligado a dejar su oficio cuando las miradas de los delatores comenzaron a susurrar su nombre. Trabajó en el campo y más tarde como albañil para poder sacar adelante a sus siete hijos. El día que fue detenido, el más pequeño todavía gateaba. "Se lo llevaron de la cárcel de Sacedón a Guadalajara y ya no lo vimos más".

Peor incluso que la muerte fue el silencio impuesto por la dictadura. Las viudas y las huérfanas tuvieron que mascullar el dolor a escondidas, temerosas de que al "nuevo orden" todavía le quedara alguna bala en la recámara

Peor incluso que la muerte fue el silencio impuesto por la dictadura. Las viudas y las huérfanas tuvieron que mascullar el dolor a escondidas, temerosas de que al “nuevo orden” todavía le quedara alguna bala en la recámara. "Me decían que algo habría hecho mi padre si le habían matado y lo único que podía hacer era callarme". Más de cuatro décadas tragando saliva, soportando los insultos y el desprecio de una sociedad parasitada por el fascismo donde los perdedores de la guerra se habían convertido en parias.

En 1975, Franco moría plácidamente en la cama. La transición hacía la democracia comenzaba a colarse entre las rendijas de un país acostumbrado a vivir entre tinieblas, pero los nuevos aires, al igual que los viejos, decidieron no soplar sobre la arena de las tumbas.

El relato oficialista había impuesto el olvido como remedio para cerrar la brecha entre las llamadas dos Españas, como si no hablar de ello fuera a coser las heridas de los que no tenían un sitio donde llevar flores. Todos los gobiernos, los del PP, pero también los del PSOE, han pasado de puntillas por un asunto al que nunca han querido concederle la categoría de prioridad de estado. Mientras en países como Argentina y Chile, los cimientos de la democracia se construyeron sobre la justicia para con los asesinados, en España, la monarquía borbónica restaurada por el franquismo se imponía como la raíz de los nuevos tiempos. Del llanto contenido de la dictadura al menosprecio de una clase política que les tildaba de revanchistas y peseteros. "Algunos solo se acuerdan de sus muertos cuando hay subvenciones de por medio", vomitó Rafael Hernando durante una entrevista en televisión.  

Tuvo que ser a 10.000 kilómetros de distancia, en la Argentina que tantos refugiados españoles había acogido, donde los "exiliados" de la democracia española encontraron al fin otro tipo de silencio, ese que calla para poder escuchar.

En enero de 2015, la jueza María Servini abrió diligencias internacionales para encausar a los grandes prohombres del franquismo y exhumar las fosas de sus víctimas, pero se encontró, al otro lado del océano, con una puerta cerrada que parecía no estar dispuesta a modificar ni un párrafo del relato oficialista.

Pero hay mujeres que son más grandes que sus gobiernos y Ascensión Mendieta no estaba dispuesta a dejar de luchar. Se lo había prometido a su madre, que se había casado con Timoteo pese a la desaprobación de su familia, contraria al matrimonio con un hombre de izquierda, y a Paz, su hermana, que también peleó incansable por la dignidad de sus muertos hasta que falleció en 2012.  "Mi madre no lo pudo cumplir y mis hermanos tampoco. Espero sacarlo antes de que me muera", dijo en una entrevista al diario Público.

Con 88 años, pintando más dignidad que canas, Ascensión viajó hasta Buenos Aires para prestar declaración y reforzar así la causa abierta por la justicia argentina

Con 88 años, pintando más dignidad que canas, Ascensión viajó hasta Buenos Aires acompañada por familiares de otras víctimas, para prestar declaración y reforzar así la causa abierta por la justicia argentina. A su regreso, relataba la satisfacción de haber sido recibida en un tribunal, en condición de víctima, con la esperanza de que aquello pudiera servir para culminar el anhelo de toda una vida.

Finalmente, tras un segundo intento, la justicia española tuvo a bien cumplir con el exhorto de la magistratura bonaerense y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica procedió con los trabajos de exhumación.  

La última vez que vio a su padre con vida, Ascensión tenía 13 años. Ahora, con 90, volvía a reencontrarse con aquel hombre al que la barbarie del fascismo había reducido a unos pocos huesos sepultados en la tierra. La alegría por el deseo cumplido se entremezclaba con el dolor de aquella niña que aún lloraba las heridas a través de los ojos de una anciana. "Solo quiero que me entierren con mi padre", repetía. Descansa en paz, Ascensión. Descansa en paz, Timoteo. 

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