Roma, una película redonda que puede hacer historia

Ese sentimiento de gratitud que los cinéfilos manifestamos hacia el séptimo arte cuando vemos películas, se ensancha ante obras como Roma. Excepcionalmente recibimos ofrendas audiovisuales de este calibre y la última cinta de Cuarón lo es. Asistimos a lo que será su obra maestra y por la que será recordado el director mexicano, que quiere compartir con el espectador un fresco en el que pinta sus memorias, que son la de un país sacudido por convulsiones sociales y políticas, a principios de los 70 en México.

El cineasta recorre su niñez a través del retrato de una familia privilegiada que toma forma de paisaje intimista de la vida misma y cuya maestría radica en una narración donde apenas acontece nada sucediendo todo al mismo tiempo. La mítica frase de Lennon sobre la vida en la que se refiere a aquello que sucede mientras estás con otros planes, cobra significado en esta película. El director pincela el trasiego cotidiano de un hogar y lo plasma en un bello óleo, así como una espontánea escapada a la playa es esculpida como el mausoleo más imponente. 

Al principio da la sensación de que estamos ante una película que es un gran angular en sí misma y que los personajes son una guarnición: el papel de la sirvienta - sublimemente interpretado por la gran revelación Yalitza Aparicio - toma jerarquía como el foco de un relato general diseminado a propósito, pero donde a la vez y a través de ella, se traza un dibujo perfecto. El papel de Cleo, que es usada como vehículo para exponer la vergüenza de un México clasista, racista y machista, se dedica a vivir la vida de otros; nada que no fuera extrapolable a muchas otras partes del mundo. Será el personaje principal, pues no solo se le da voz a lo que representaba su etnia en la época, sino que además cuenta su historia hablando el mixteco a retazos. 

Cuarón se inspira en las mujeres que marcaron su vida. Por un lado tenemos a la sufrida criada obligada a erigirse como el sostén emocional de un hogar que se quiebra, sin ella decidirlo. Tal vez abochornado por esa parte de su pasado, el director ha establecido que sea ella la que merezca prevalecer con su propio relato que, aunque se coleccionará como un desfile de desgracias, la narración girará en torno a ella de principio a fin y tendrá a la madre de familia y a la abuela como las segundas de abordo de esta historia familiar. 

Aún a pesar del trato de superioridad que siempre ha existido y que se refleja con crudo realismo en la película, se desmiente el cliché de la tiranía absoluta del amo hacia el siervo (en este caso de ama a sierva) arrojando una realidad pocas veces visibilizada y que es menos excepcional de lo que creemos, la de una relación de cariño y amor verdadero, pues muchas criadas han llegado a ocupar el papel de segundas madres para los hijos de sus patronos y ganarse así un lugar importante dentro de la familia, pese a todo. En el caso de Roma, hay que sumarle además, la fusión sorora entre dos mujeres que, aunque de clases sociales irreconciliables y de diferentes etnias, se tocan en la esencia de que son ninguneadas por el patriarcado, que queda bien perfilado por la figura de dos hombres que ejercen su poder sobre ambas protagonistas, cada uno dentro de la esfera socioeconómica que le ha tocado vivir. 

Es también esta película un tributo a la mujer en todos los sentidos, pues el realizador quiere evidenciar la realidad de la sociedad patriarcal de la época, pero asomándola lo suficiente para establecer con rotundidad las relaciones de poder cobrando a la vez el protagonismo justo en el terreno artístico. He aquí otro acierto del director, que hace un alegato feminista no solo en su obra, sino también reivindicando el papel de la mujer en el cine, y lo pone en práctica relegando a un estrato menor a los hombres de la película asignándoles dos papeles bastante secundarios a los que tan solo les otorga la relevancia que a él le interesa, es decir, la de interpretar a dos seres machistas y despreciables. Incluso la abuela, que hace las funciones de cuidadora con privilegios, es un personaje que apenas habla durante todo el metraje, pero tiene más presencia tras el objetivo que los hombres de la película.

El noble ejercicio del cineasta está justificado y se convierte en religión con Roma. El arte de no contar nada y contar mucho se condensa en esta obra desplegando una fina armonía en cada una de sus tomas bellamente facturadas y donde el sentido de las mismas va por delante. El bullicio de México D.F y la agitación de unas calles aromatizadas de revolución permanente está observado desde unos maravillosos planos secuencia que nos cuentan mucho de esta ciudad en un contexto histórico determinado. Del mismo modo, el detalle de los paneos de 360 grados en el interior de la casa y esos planos fijos recurrentes del angosto pasillo exterior, que sirve de acceso principal y a la vez de cochera, refleja con hermosura y convicción la cotidianidad del hogar, que pretende evocar a golpe de metáforas, tales como las incesantes evacuaciones del perro, ese agua de fregasuelos contenida o el auto del cabeza de familia, que apenas encaja en el pseudo garage.

En vísperas de las nominaciones los Oscar, Roma, que ya cuenta con el león de oro de Venecia y dos globos de oro (mejor película y mejor dirección) es la favorita de la crítica americana considerándola como la película del año. ¿Será la primera película extranjera de la historia en ganar la estatuilla a mejor película? Además, se trata una película cien por cien extranjera, ya que reúne todos los condicionantes: rodada en México, en castellano y lengua mixteca. También podría hacer historia al competir simultáneamente en la categoría de Mejor Película y en la de Mejor Película de Habla No Inglesa. Una película sin actores reconocidos que, tal como ha advertido el propio Cuarón, por mucho que se quejen las salas de exhibición, habría pasado mucho más inadvertida para ellos y el público si Netflix no hubiese apostado por ella, al igual que está haciendo con otros productos alternativos que no tienen hueco en la mayoría de cines convencionales. También por esto, podría hacer historia.

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