El primer marido de Jane Wilde

No es fácil vivir a la sombra de un ciprés. Cobijo cuando afuera arrecia el temporal y resguardo contra el incipiente sol de verano, es tal su inmensidad que tiende a hacer pequeño a todo el que permanece a su lado.

Jane Wilde estudiaba filología francesa y española en la Universidad de Cambridge cuando se enamoró de un joven talentoso que por aquél entonces tan solo era una semilla. Dicen que hay trenes que no hay que dejar escapar pero Jane decidió quedarse en la estación para convertir aquella semilla en un gigantesco ciprés. La regaba cada mañana, cuidaba de sus hojas con esmero y extirpaba las malas hierbas. Sus raíces, endebles y enfermas, crecieron apoyadas en la abnegación de una mujer que hizo de sus manos soporte de enredadera. Mientras el tiempo pasaba con el sol reflectando vida sobre las flores, Jane tuvo que hacerse cargo de sus tres hijos. Convertida en sirvienta de su casa, los sueños se fueron marchitando, y es que los deseos y los anhelos también se hacen arrugas.

En el espejo de Jane Wilde se pueden reflejar las historias de muchas mujeres; de nuestras madres y de nuestras abuelas, combatientes de una época donde el género determinaba el grado de pendiente del camino. En el escenario principal, terreno en barbecho para ellas, los hombres recibían los elogios por unos méritos que en muchos casos no eran exclusivos de su propiedad, pero ahora que las mujeres comienzan a ocupar los focos se hace necesario recuperar de las sombras a todas aquellas que se vieron obligadas a ejercer de tramoyistas.

La historia la escriben los vencedores y en la más larga de todas, esa que abarca desde el tiempo pasado hasta el día de hoy, los hombres han expoliado la bandera de la victoria. Los libros están llenos de tachones que le han robado a las mujeres su memoria colectiva, y lo que es más preocupante, que han dejado sin apenas referentes femeninos a las nuevas generaciones. Volver sobre el camino andado para desenterrar sus huellas no es revisionismo sino justicia, con ellas, por lo que fueron, y por lo que serán las que están por venir.

La tarea, sin embargo, no va a ser fácil. Ahora que el feminismo se consolida como una revolución tangible, que los pasos se hacen cada vez más firmes y que el mundo se ha parado cuando ellas han dejado de girar, más altas serán las defensas de los que no están dispuestos a rebajar ni un ápice su posición de privilegio. La historia también nos ha enseñado que jamás se ha conquistado ni una mísera hectárea de terreno por la cesión voluntaria del cacique.

Con sangre, sudor y lágrimas. Así fue como Jane Wilde logró graduarse en Filología española y francesa, además de conseguir un doctorado en Poesía Medieval Española. Es profesora de lenguas romances y ha publicado seis libros pero siempre será recordada como la primera mujer de Stephen Hawking. Aquella semilla que regó durante 25 años se convirtió en un ciprés gigante que, efectivamente, le dió refugio en las tormentas y le cobijó del calor, pero cuya sombra fue tan grande que hizo pequeña la historia de una mujer gigante.

Fue ella quien le bañaba cada día, quien le daba de comer, quien le llevaba a su oficina, quien esbozó el primer diseño de la silla que permitió a Hawking comunicarse con el mundo, mientras cargaba sobre sus hombros la crianza de tres hijos y el despotismo tan característico de los genios ilustrados. Pero Jane nunca se quejó. En una sociedad donde las mujeres están constantemente sometidas al escrutinio público, hasta el más leve suspiro es interpretado como un síntoma debilidad, y las miradas de admiración que rodearon la vida de Hawking fueron vistazos de reojo para una mujer a la que no se le permitió el derecho al pataleo.

Pocos saben que mientras por la mente del científico atravesaba la Teoría del Todo en la de Jane rondó varías veces el fantasma del suicidio. Pocos saben que el privilegio de convivir al lado de un genio es también el castigo de una vida entre susurros. Pocos saben que Stephen trataba a Jane como una sirvienta. Pocos saben que sin Jane no hubiera existido Stephen. Pocos saben el sacrificio que supone entregar la vida a otra persona porque pocos son los hombres que fueron capaces de vivir a la sombra de una mujer.

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