Libertad sin ira

Decía Hugo Chávez que “las sociedades liberales muchas veces son manipuladas por una supuesta libertad de expresión detrás de la cual se esconden intereses de dominación.” No se equivocaba el líder venezolano: durante años de neoliberalismo hemos estado asistiendo a una defensa del laissez faire, laissez passer opuesta a cualquier regulación, especialmente las del mercado. Y como actualmente de todo se hace mercado, y esto es algo que también es defendido por los mismos liberales, la expresión humana ha pasado a ser un juego de dominaciones disfrazadas de total libertad del individuo. Es el mercado, amigos, quien domina en estos momentos y entra en nuestras vidas bajo formas peligrosas.

Como un macabro juego sado que se nos va de las manos, el capitalismo ha tenido a bien sacudir su látigo sobre nuestras espaldas. Con el modelo estadounidense como principal referencia, se ha agitado la bandera de la libertad para que la atención de nuestras sociedades, como recientemente hemos comprobado en otros casos, sea desviada hacia esos trozos de tela que apelan, más allá de vestir unos determinados colores, a sentir que somos libres como el aire que agita esa bandera, cuando evidentemente no lo somos: nuestros sentimientos son los que están siendo agitados.

Hace unos días pudimos asistir a la retirada de la palabra ‘Libertad’ escrita en una bandera de color amarillo durante la celebración de un evento deportivo. La imagen no pudo ser más ilustrativa de lo que este país está viviendo y de lo que se nos está haciendo vivir como individuos y como colectivo. ¿Qué está ocurriendo en un país que soportó más de 40 años a la sombra de una dictadura alargada por sus herederos? ¿Qué está ocurriendo cuando ese mismo país se emocionó cantando el himno de Jarcha ‘Libertad sin ira’ y ahora es capaz de dirigir su ira hacia la palabra libertad?

El concepto de libertad se ha corrompido y en estos momentos estamos sujetos a los designios de quienes deciden qué puede ser libertad y qué no lo puede ser. Otro líder latinoamericano, el ex presidente de Ecuador Rafael Correa, nos da una de las claves con otra cita: “Desde que se inventó la imprenta, la libertad de prensa es la voluntad del dueño de la imprenta.” Con las leyes podríamos decir lo mismo y aquí es donde entran los herederos de aquella dictadura sombría y alargada que se nos impuso vía golpe de estado contra la legalidad. Sí, esa legalidad que ahora quienes otrora fueron golpistas nos dicen querer hacer respetar. Los últimos años que estamos aguantando al gobierno del Partido Popular están siendo distópicos, porque su autoritarismo comenzó prometiendo falsamente unas libertades individuales de dos cortes económicos turnistas, liberal y conservador, y porque el esperpento y la mentira han derivado hacia recortes cada vez más profundos en nuestros derechos colectivos y también individuales, pues no debemos olvidar que cada lucha afecta al total de una sociedad, persona por persona, y que la opresión también es un sentimiento que debe ser solidario.

Solidaridad, otra buena palabra que viene al caso. Recientemente hemos podido contemplar cómo el cantante Loquillo, uno de los estandartes culturales de una transición que ahora sabemos que se compuso más de parches que de cimientos, ha expresado de esta manera su opinión sobre los últimos encarcelamientos por motivos ideológicos de sus propios compañeros de profesión: “Me importa un pepino que un rapero entre en la cárcel.” Lo dijo en una entrevista con El Periódico y, tras el alboroto que sus palabras causaron en las redes sociales, sus representantes aseguraron que el diario había sacado sus palabras de contexto. Los periodistas no tergiversaron nada, porque lo que en realidad hizo el autor de cuestionables temas como ‘La mataré’ fue aplicar la tan de moda equidistancia y plantear que quienes defendemos a un artista de rap por una injusta encarcelación que solo obedece a razones políticas, silenciamos casos anti-españolistas a manos de independentistas catalanes.

Sí, de eso iba todo. Chupito. Salió Cataluña y de nuevo salió un ‘cuñado’ a quejarse de la libertad de expresión solo porque con ella señalamos a quien él considera su aliado. El nacionalismo español ha llegado a este extremo: a que sectores antaño autodenominados progresistas agiten la bandera que les ha colocado en la mano un gobierno de derechas cuyos fundadores soltaron a los perros grises a correr tras ellos cuando eran jóvenes. Loquillo dice en la misma entrevista que “hemos perdido la memoria.” A lo mejor ha sido él quien la ha perdido, junto a la solidaridad.

Y es que, cuando una persona, ya sea a través de su creación artística como del simple ejercicio de su pensamiento, decide expresarse sin violencia, nadie es libre de ponerle una mordaza. La Operación Araña, ese asedio al que los reyes de un tablero han sometido a unos peones virtuales que resultamos incómodos, se ha cobrado víctimas multando y pidiendo años de cárcel para gente que lo único que ha hecho ha sido manifestar su disconformidad con un gobierno que sí que ejerce la violencia contra su ciudadanía. Porque sí que es violencia desahuciar a quien no tiene recursos, porque también lo es dinamitar huchas de pensiones o de servicios públicos en beneficio de los que siempre obtienen beneficio, y porque lo es someter a todo un pueblo y requisarle su identidad, su opinión y su derecho a la rebeldía. Las libertades no se compran, como el capitalismo y su brazo privatizador neoliberal nos intentan hacer creer. Las libertades se conquistan, y esto se hace plantando cara a quienes las quieren eliminar poco a poco o de golpe.

Por eso, cuando desde tribunas azules o naranjas nos quieren convencer de que sus decisiones son buenas para la sociedad, de que lo que hacen ‘lo hacen por nosotros’, al más puro estilo maltratador psicológico, tenemos que ponernos en alerta, porque el fascismo gusta de reinterpretar los conceptos para utilizarlos a su manera. Que no se equivoquen, la libertad de expresión es nuestra, no de ellos, porque ellos la reprimen cuando les incomoda. Se llenan la boca con la palabra libertad cuando la maltratan una y otra vez: será porque solo les interesa para hacer negocio. Pero ya hemos dicho que las libertades no se compran, se conquistan. Si esto les pesa es porque sus raíces se encuentran del lado de la balanza del poder, por eso les molesta tanto el otro poder, el del pueblo. Nosotras cada vez somos más libres y ellos cada vez aprietan más nuestras cadenas, tratando de envolverlas con banderas fabricadas por su ira mientras nos requisan las nuestras, que humilde y humanamente llevan escritas la palabra libertad

Suscríbete a nuestra newsletter