Los ocho de Haymarket, el origen del 1 de mayo

A finales del siglo XIX, los Estados Unidos experimentaban los inicios de la revolución industrial. Millones de trabajadores de las zonas rurales llegaron a las grandes ciudades para incorporarse a los nuevos sistemas de trabajo mecanizados, una masificación de las urbes más industrializadas que fue aprovechada por los patronos para ir reduciendo las condiciones de la oferta a medida que aumentaba la demanda.

Mientras los trabajadores pasaban hasta 18 horas al día en las líneas de producción, los empresarios se enriquecían con contratos precarios, rebajas salariales y penalizaciones a los impávidos que se atrevían con el proselitismo sindical. Como decían Simone de Beauvoir, "toda opresión genera un estado de guerra" y las clases obreras, hartas de ser utilizadas como un simple engranaje más de la maquinaria del floreciente capitalismo, comenzaron a organizarse para plantar cara al poder omnipotente de los propietarios.

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"Coalbrookdale de noche", Philip James de Loutherbourg.

Influenciados por los idearios sindicales que los trabajadores migrantes traían de la vieja Europa, el 1 de mayo de 1886 se convocó una jornada de huelga en Chicago, la segunda ciudad más industrializada del país, donde se concentraba la mayor parte del por aquel entonces todavía precario anarcosindicalismo estadounidense.

Ese mismo año, el presidente Andrew Johnson había aprobado la Ley Ingersoll, que limitaba la jornada laboral a un máximo de ocho horas. Se trataba de una medida meramente electoralista para atraer a las clases populares, que solo benefició a los asalariados de las oficinas federales y a los albañiles de construcciones públicas, y por ende, dejó al margen a los obreros industriales.

Pese a todo, la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo ordenó que no se secundara la jornada de huelga, extremo que fue rechazado por los afiliados, quienes acusaron a sus líderes de traición. La Federación Estadounidense del Trabajo, la otra gran coalición, sí apoyó las protestas y citó a sus 350.000 simpatizantes con el lema "ocho horas para el trabajo, ocho horas para el descanso y ocho horas para la casa".

Los días 1 y 2 de mayo, las manifestaciones colapsaron el centro de la ciudad y el día 3 se trasladaron a la plaza Haymarket. Allí se encontraba la fábrica agrícola McCormick, señalada como uno de los grandes enemigos de las demandas proletarias debido a que había reducido los salarios con la excusa de recaudar fondos para la construcción de una iglesia. Los trabajadores se pusieron en huelga pero los propietarios la sabotearon con la contratación de personal externo. No tardaron en desatarse los incidentes entre manifestantes y esquiroles, provocando una brutal represión policial que se saldó con seis muertos y decenas de heridos. Adolf Fischer, redactor del periódico Arbeiter Zeitung, un diario anarquista de Chicago que se publicaba en alemán, imprimió miles de octavillas alentando a los manifestantes a continuar con la lucha. Posteriormente, estas líneas fueron utilizadas para firmar su sentencia de muerte: "Trabajadores: la guerra de clases ha comenzado. Ayer, frente a la fábrica McCormick, se fusiló a los obreros. ¡Su sangre pide venganza! ¡Secad vuestras lágrimas, los que sufrís! ¡Tened coraje, esclavos! ¡Levantaos!".

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Pasquín llamando a la movilización

Más de 20.000 personas volvieron el día 4 a Haymarket para seguir con las reivindicaciones. A las 21:30, cuando la policía había ordenado el desalojo, alguien sin identificar lanzó una bomba a la fila de los agentes, causando la muerte de uno de ellos. Los oficiales reaccionaron con virulencia, abriendo fuego sobre la masa y dejando tras de sí una ristra de cadáveres que no se conoce con exactitud, pero que la mayoría de historiadores coinciden en fijar en torno a los 30.

Fue el punto de partida de una cacería de brujas contra el movimiento obrero, sus líderes más significativos y cualquier persona que hubiera tenido algún contacto, aunque fuera insignificante, con el entorno sindical. Se sucedieron las redadas policiales y las detenciones, que se contaban por centenares, mientras la prensa encendía la antorcha de la opinión pública. Cabeceras como Indianapolis Journal, el Chicago Tribune e incluso el New York Times tacharon a los huelguistas de "truhanes y malhechores" y calificó de "locura" el reclamo de la jornada de ocho horas: "¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!".

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Los ocho de Haymarket

La labor de desinformación cocinó el caldo de cultivo idóneo para que el sistema judicial escenificara un ajusticiamiento sin ninguna garantía. El 21 de junio de 1886 se inició el juicio contra 31 acusados, cifra que finalmente se redujo a ocho: Oscar Neebe (estadounidense, vendedor), condenado a 15 años de trabajos forzados; Samuel Fielden (inglés, obrero textil) y Michael Schwab (alemán, tipógrafo), condenados a cadena perpetua; George Engel (alemán, tipógrafo); Adolf Fischer (alemán, periodista); Albert Parsons (estadounidense, periodista), que a pesar de no estar presente en el lugar de los hechos se entregó voluntariamente para estar con sus compañeros; August Spies (alemán, periodista) y Louis Lingg (alemán, carpintero), condenados a pena de muerte. Este último se suicidó en su celda el 10 de noviembre de 1887, un día antes de la ejecución.

Para la posteridad ha quedado la frase que pronunció August Spies instantes antes de que le dieran muerte, recogidas por el gran literato cubano José Martí, presente en el cadalso haciendo labores de corresponsalía para un periódico argentino: "La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora".

Años después, un nuevo juicio restauró la memoria de los condenados, al quedar demostrado que todo el proceso fue una farsa orquestada para asestar un castigo ejemplar a las clases trabajadoras. En consecuencia, centenares de fábricas por todo Estados Unidos aprobaron la jornada laboral de ocho horas y en 1889, el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional declaró el 1 de mayo como el Día Internacional de los Trabajadores (curiosamente, en EE.UU., esta jornada se celebra el primer lunes de septiembre), en memoria de los conocidos como "mártires de Haymarket".

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Pintada en la placa a los mártires de Haymarket: "Primero os quitaron la vida, ahora explotan vuestra memoria".

En estos tiempos de líderes sindicales abrazos a la patronal, de movimientos llamados a sí mismos sociales, pero desclasados con el veneno posmoderno de la transversalidad, todos deberíamos recordar que los derechos laborales de los que hoy disfrutamos fueron arrancados de las manos de los opresores con sangre, sudor y lágrimas. En las calles, en las plazas y en los tajos.

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