La mujer que desató el maremoto

"Comenzaste el maremoto. Hiciste que todas esas voces tuvieran importancia. Tus hermanas supervivientes y yo te lo agradecemos. Eres la persona más valiente que jamás he tenido en mi Tribunal". Estas fueron las palabras que la jueza Rosemarie Aquilina le dedicó a Rachael Denhollander, la primera mujer que se atrevió a denunciar públicamente al doctor Nassar.

En enero del año 2000, Rachael solo tenía 15 años. Era una joven promesa del atletismo estadounidense, pero una lesión de espalda amenazaba con truncar su carrera. Fue entonces cuando el doctor Larry Nassar aceptó recibirla en su consulta de la Universidad Estatal de Michigan. Rachael estaba emocionada; Nassar había sido el médico del equipo de gimnasia de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 e iba a repetir cargo en las de Sidney 2000. El médico de las grandes estrellas del olimpismo estaba dispuesto a tratar a una adolescente que por aquél entonces tan solo era uno de los tantos diamantes en bruto de la legendaria cantera del deporte americano.

Pero Nassar no es médico. En realidad se trata de un depredador sexual que durante años se ha escondido tras una bata blanca y un título universitario, para quebrar la infancia de más de un centenar de niñas.

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Larry Nassar

Nassar le pidió que se pusiera de pie junta a la camilla con las piernas abiertas, comenzó a masajearle las caderas y sin previo aviso metió la mano por debajo de la ropa interior de Rachael para penetrarla vaginalmente con los dedos. Lo hizo sin guantes, sin lubricante, sin una explicación. Fue el primer episodio de una serie de abusos sexuales que se prolongaron durante casi un año, cada vez que Rachael confió en las excelentes referencias de un hombre que durante más de 20 años supo vestirse con la piel de un cordero.

Además de médico del equipo olímpico y de la Universidad Estatal de Michigan, Nassar era un respetado miembro de su comunidad que participaba en numerosas causas filantrópicas. Fue presidente de la Gymnastics Doctor Autism Foundation, una fundación que ayuda a clubes deportivos a implantar programas específicos para niños con necesidades especiales.

Era un ciudadano ejemplar que recibió el apoyo de los grandes gerifaltes del atletismo, cuando en septiembre de 2016, Rachael Denhollander contó su historia por primera vez al periódico IndyStar. "Es un médico extremadamente profesional, muy competente que va mucho más allá del deber en el tratamiento de los atletas. Es uno de los mejores profesionales con los que he tenido la suerte de trabajar", dijo John Geddert, entrenador jefe del equipo olímpico en 2012.

No era la primera vez que Rachael tuvo que soportar la defensa pública de su depredador. Siete años antes, en 2009, le relató a uno de sus preparadores su tormentosa experiencia: "Lo hice para que ninguna gimnasta tuviera que pasar por lo mismo que yo", pero sus palabras cayeron en saco roto. La Universidad Estatal de Michigan había silenciado durante décadas las voces que señalaban las perversas prácticas sexuales de Nassar.

Lo hizo en 1997, cuando amenazó con represalias a Kathie Klages, entrenadora jefa de la Universidad, tras denunciar que dos gimnastas le habían confesado los abusos a los que Nassar les había sometido.

Lo hizo en 1998, cuando la gimnasta Tiffany Thomas López relató a Destiny Teachnor-Hauk que había sido penetrada por Nassar. Teachnor-Hauk era una de sus entrenadoras y utilizó el dolor por la reciente pérdida de su padre para convencer a López de que enfrentar un nuevo proceso traumático sería demasiado doloroso para ella.

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La supervivientes, durante el juicio

Lo hizo en 1999, cuando Christie Achenbach le dijo a su entrenador que Nassar la había violado en el transcurso de un reconocimiento.

Lo hizo cuando Jennifer Bedorf presentó un informe a los responsables de la Universidad pidiendo que Nassar dejara de tratarla.

Lo hizo cuando los padres de Kyle Stevens informaron al psiquiatra del centro educativo acerca de la agresión que su hija había padecido, y su respuesta fue concertar una cita con Nassar para que trataran el tema en privado, saltándose así el procedimiento establecido para ese tipo de situaciones.

Lo hizo cuando Amanda Thomas Shaw denunció las prácticas de Nassar y la Universidad permitió que fuera el propio doctor quien escogiera a los cuatro colegas que evaluaron en una entrevista si sus prácticas "médicas" eran legítimas.

Lo hizo cuando Rachael reunió los testimonios de dos gimnastas que habían pasado por un trauma similar, además de la opinión de tres expertos en suelo pélvico que desautorizaron las técnicas de Nassar. La única respuesta de William Strampel, jefe del departamento de osteopatía de la Universidad Estatal de Michigan, fue enviarle un correo electrónico a Nassar: "Buena suerte, estoy de tu lado".

Cuando Rachael se atrevió a hablar no sabía que la USAG (USA Gymnastics), la federación responsable de la gimnasia en Estados Unidos, llevaba años enterrando las denuncias de agresiones sexuales que decenas de atletas presentaron contra sus entrenadores, incubando una cultura de la violación donde depredadores como Larry Nassar se sentían impunes para actuar sin temor a ser atrapados. Las víctimas fueron silenciadas, intimidadas e incluso forzadas a regresar a la consulta del hombre que les estaba robando la inocencia.

"Estaba aterrorizada, avergonzada y confundida. Él era un prestigioso doctor, de confianza para mis amigos, para mis entrenadores y compañeros. ¿Cómo pudo alcanzar semejante estatus?", se preguntaba Rachael.

Tras salir la denuncia a la luz pública, Nassar contestó a través de su abogado, negando las acusaciones y acusando a la deportista de torticeras intenciones económicas. Lo que no sabía por entonces es que el lobo estaba a punto de resquebrajar su piel de cordero.

Las palabras de Rachael sirvieron como punto de apoyo para muchas otras chicas que habían pasado por una experiencia similar. Un total de 156 mujeres presentaron una demanda colectiva contra Nassar por abusos sexuales, que tuvieron lugar cuando tenían edades comprendidas entre los 6 y los 17 años. Estrellas como McKayla Maroney, Aly Raisman, Gabby Douglas o Simone Biles, la atleta que deslumbró al mundo en las Olimpiadas de Río de Janeiro, se atrevieron a romper el muro de la vergüenza demostrando que la sororidad es una herramienta poderosa contra las violencias machistas.

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La jueza Rosemarie Aquilina

El juicio contra Nassar, uno de los más mediáticos de los últimos tiempos, ha durado 7 días, donde una tras otra, sus víctimas han relatado los abusos a las que fueron sometidas. La jueza decidió que la última en hablar fuera la primera que rompió el silencio y su mensaje fue poderoso:

"Primero quiere agradecerle, Jueza Aquilina, por darnos a todas la oportunidad de escuchar nuestras voces, que nos fueron arrebatadas durante tanto tiempo. Larry es un depredador sexual. Su habilidad para ganarse mi confianza y la de mis padres, su preparación y su calculado asalto sexual fue el resultado de patrones deliberados, metodológicos e intencionados. Larry encontró satisfacción sexual en nuestro sufrimiento, incluso cuando éramos niñas de tan solo 6 años, se excitó a costa de nuestra humillación y nuestro dolor. Pienso en la joven que era, en lo jóvenes que éramos todas las supervivientes de Larry. Veo sus caras en las de mis dos preciosas hijas. Cuando veo los ojos de mis hijas iluminarse pienso que debería ser el mismo brillo que tenía yo antes de que Larry me robara la inocencia. Observo a mis hijas amar y confiar sin reservas y recuerdo el largo camino que ha sido para mí ser capaz de volver a amar y dejar que me amen. Pienso en las cicatrices que todavía quedan en todas nosotras. A los 19 años comencé a estudiar derecho y rezaba para que mis gestos no me traicionaran en los debates en clase cuando tratábamos crímenes relacionados con la agresión sexual. Mi denuncia me costó el apoyo de mi iglesia y de los amigos más cercanos. Me quedé sola. Me dejaron de lado los que deberían haber sido los primeros en apoyarme y fui objeto de ataques y mentiras. Quiero que entiendan que decidí hablar sabiendo lo que me iba a costar llegar hasta aquí y con muy pocas esperanzas de tener éxito. Lo he hecho porque es lo correcto, sin importar el coste. Cuando una persona puede dañar a otro ser humano, especialmente a un niño, ha perdido la capacidad de amar. Larry, decidiste alejarte de todo lo verdaderamente bello que podría haberte dado la vida y te compadezco por ello. Experimento en mi alma la alegría de un matrimonio basado en el amor y la seguridad, la ternura y el cuidado. He experimentado la verdadera intimidad en su más profunda alegría y es hermosa. Es una alegría que tu jamás has sentido ni podrás sentir y te compadezco por ello. Este Tribunal está lleno de supervivientes que llevan heridas profundas. Mujeres y niñas que se han unido para luchar por sí mismas porque nadie más lo haría. Mujeres y niñas que portan cicatrices que nunca sanarán por completo, pero que han tomado la decisión de trasladar la culpa y la vergüenza a la única persona a quien pertenece; el abusador. ¿Cuánto vale la vida de una niña? ¿Cuánto vale la vida de una mujer? Jueza Aquilina, le suplico que con la sentencia envíe el mensaje de que estas víctimas valen todo e imponga la pena máxima. Gracias".

Larry Nassar ha sido condenado a una pena de entre 40 y 175 años de prisión, jamás saldrá de la cárcel.

Rachael Denhollander tiene ahora 32 años, vive en Kentucky, donde ejerce de abogada. Está casada y tiene dos hijas. El maremoto que un día decidió alzar la voz ha conseguido con su inmensa fortaleza y valentía que uno de los mayores depredadores sexuales de la historia de los Estados Unidos no pueda volver a dañar a nadie más.

Pero las afectadas no se conforman con eso; exigen a la justicia que depure responsabilidades y enjuicien a todas las personas que dieron cobertura a los abusos. Nassar era la punta del iceberg que no podría haber permanecido a flote sin los muchos cómplices que decidieron mirar para otro lado.

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