Rebeldía, resistencia, contracultura

Rebeldía. Resistencia. Amor. Son las tres palabras con las que la actriz chilena Daniela Vega ha recogido el Goya a la Mejor Película Iberoamericana. Por un momento hemos esperado que la tercera palabra también empezara por R y se tratara de Revolución. Porque si en el mundo hace falta una, en el cine, y de manera general en la cultura, hace la misma falta, porque la cultura es siempre un reflejo de su pueblo. O un pueblo es el reflejo de su cultura.

Antes de que una claqueta haga su primer chak, una verdadera organización se ha tenido que poner en marcha como una potente fábrica abriendo y poniendo sus engranajes a funcionar bajo la presión de que el producto no se elabore, o se elabore mal, y que por lo tanto se pierdan los puestos de trabajo y las alegrías y las vidas. Por desgracia, ni el rodaje ni la fábrica se sustentan actualmente sobre la frase cimentadora y marxista que reza ‘Trabajadores del mundo, uníos’, sino que se activa únicamente tras una jerarquización de ese trabajo. Y como toda jerarquía, conlleva una desigualdad, y esa desigualdad tiene duras consecuencias que suelen resumirse en abusos dirigidos, como siempre, desde arriba hacia abajo.

Vayamos al peldaño que está más arriba: Cuando levantamos (mucho) la vista para ver de dónde vienen esos abusos, encontramos –y no nos extrañamos– a los mismos grandes grupos de comunicación que deciden las opiniones. En España, las televisiones están obligadas por ley desde 2007 a destinar un 5% de su presupuesto a invertir en cine, y lo que pasa a continuación te sorprenderá, o no: Si son los grandes grupos mediáticos los que deciden, a lo Julio César, qué producciones se llevan a cabo y cuáles no, las historias que se terminan contando nunca son aquellas que tienen por mensaje un cambio real, una denuncia de ciertos mecanismos o una llamada de atención al espectador sobre lo que no está funcionando. Hacer autocrítica o dar un puñetazo encima de la mesa, nunca. Como mucho apelar a la emoción y el sentimiento como algo, además, minoritario. Y gracias.

Bajemos ahora hasta los últimos peldaños: Ahí se apelotonan los que no deciden nada, los que solo pueden abrir la boca cuando se les permite. Tienes que pelear por escalar cada peldaño mientras te subes encima de la precariedad, la inseguridad y la incertidumbre. Tienes que escuchar las mismas respuestas una y otra vez: “No hay dinero”, “No tienes experiencia”, “Eso no es rentable”. Tienes que esperar sentado a emails que nunca llegan y a llamadas que nunca se producen. Hay quien tiene ‘suerte’ y su teléfono suena. Entonces empiezan unas surrealistas doce pruebas hercúleas para dejarte por el camino otro peldaño, el de la dignidad.

Ahí comienzan los abusos: Laborales, si eres afortunado; Laborales y sexuales si no eres tan afortunada. Pasas por ellos porque tienes miedo de que se pierdan los puestos de trabajo y las alegrías y las vidas. Lo aguantas todo con una sonrisa. ¿Y sabes qué ocurre mientras tanto por el camino?

Nada. No ocurre nada. Se graban películas burguesas, se escriben libros burgueses, se representan obras de teatro burguesas, se compone música burguesa. Hablamos, claro, de los productos que tienen visibilidad. Siempre te dirán que tienes una alternativa en, valga la redundancia, la cultura alternativa, esa que nadie ve, nadie lee, nadie mira, nadie escucha. Y todo porque se lleva mucho tiempo cerrando los ojos y los oídos a la verdadera alternativa: La contracultura.

Por definición, la contracultura es un movimiento social y cultural caracterizado por la oposición a los valores culturales e ideológicos establecidos en la sociedad. De acuerdo con esta definición, entonces, si la sociedad en la que vivimos es clasista, necesitamos una contracultura con conciencia de clase. Si la sociedad en la que vivimos es individualista, necesitamos una contracultura colectiva. Si es machista, necesitamos una contracultura feminista de verdad, no subida a altos tacones mientras agita un abanico que nunca será lanzado al patriarcado como una estrella ninja, pero que queda bonito lucir. Todo esto pasa por deshacernos de la estructura que acabamos de analizar, del arriba y el abajo, de la jerarquía, de la desigualdad y de los abusos.

¿Qué estrellas ninja podemos usar para deshacernos ya de una mecánica burguesa que se queda con nuestra plusvalía y no nos deja tomar ni una decisión? Para empezar, debemos ser conscientes de que las estrellas ninja se arrojan a las caras de nuestros enemigos, no se señalan dentro del bolsillo mientras imploramos que se nos permita dar alguna que otra patada. Tener conciencia de clase es contar historias que pongan una letra escarlata en el pecho del poderoso y lo señalen ante el pueblo, no provocar la lástima sobre los perdedores de este gran juego del Monopoly al que llamamos sistema. Realizar acciones colectivas significa exigir, dentro y fuera de un Parlamento, posibilidades reales, justas y transparentes de financiación, y no contentarse con la caridad de los crowdfundings.

Y, finalmente, para que una contracultura sea feminista de nacimiento es imprescindible blandir una katana morada, no un abanico al que solo le falte una rosa marchita y un puño que sostiene un contrato con Gas Natural. Luchar un sistema de cuotas en el cine o en otros ámbitos es un ladrillo más que cementar en la pared, pero el trabajo completo de arquitectura y albañilería pasa por agarrar del cuello del smoking al productor, al financiador, al actor de moda que tiene tremendo cacao mental sobre las reivindicaciones de sus compañeras, y explicarles el concepto de equidad, para que les quede muy claro que las cosas se consiguen cuando nos organizamos y actuamos con firmeza, frente a aquellos que solo se cuelgan medallas o llevan años y años capitalizando sectores que dan dinero o votos.

Nada que perder, todo por ganar. La contracultura tiene que llegar para quedarse, porque tiene que ser rebelde, no conformista; resistente, no rendida; y revolucionaria, no reaccionaria.

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