Retrato del fracaso de un modelo educativo

En Francia, el índice de fracaso escolar está cerca del 10%. En España las cifras son similares. Esto quiere decir que cerca de uno de cada diez niños abandonará los estudios antes de terminar la educación obligatoria, unos 100.000 jóvenes cada año. Como dice el reconocido escritor y profesor Daniel Pennac, "un año de colegio desaprovechado, es la eternidad dentro un tarro de vidrio".

La hora de los deberes es una película documental donde conviven magistralmente dos de los usos más enriquecedores que el cine puede brindarnos: su valor pedagógico y una visión crítica de la realidad. Su autor, Ludovic Vieville, se grabó a él y a su hijo durante cuatro años, una hora al día, mientras le ayudaba a hacer la tarea.

Ángelo no muestra ningún entusiasmo por los deberes; se distrae jugando con los bolígrafos o dibujando cuando el padre no está presente. Durante todo el film van apareciendo en plano fijo muchos de sus dibujos, que muestran que el niño disfruta pintando y necesita desarrollar su imaginación, como la mayoría de los chavales.

Tal vez, su padre quiera filtrarnos un mensaje subliminal a través de esas imágenes que se entreveran a lo largo de todo el metraje. ¿La clave de la educación no está en maximizar las habilidades de las personas en vez de reducirlas? Debería ser esta una cuestión obligada a la hora de afrontar el engranaje de cualquier sistema educativo, hoy en día centrado en un método más memorístico que pedagógico.

Dibujo de Angelo
Dibujo de Ángelo

Con voz en off, Ludovic narra lo que piensa y siente acerca de la evolución de su hijo, así como del programa didáctico, que se ceba con ambos consumiéndolos hasta la inanición. Es una narración delicada y especial, pues a través de la misma le habla a su hijo en una vía de escape lo que no puede confesarle a la cara, siendo a la vez un vehículo eficaz para comunicarse con el espectador. Con una acertada elección de los planos y un ritmo apropiado, el realizador logra conmovernos de principio a fin, nos fideliza con su historia y nos hace empatizar con ella, pues esta es la historia de muchos padres, es el retrato pintado de la cruel tiranía de la educación oficial y los estragos que va causando generación tras generación.

Ángelo no aprende nada en el colegio, su padre tiene que enseñárselo todo porque está pegado en casa asignatura. Pero hay ciertas lecciones básicas que sus progenitores no le pueden explicar, porque no las recuerdan: "tendría que volver a la escuela para recordarlo", contesta la madre cuando Ludovic le pregunta si sabe lo que es la oración de relativo. Se demuestra que la metodología empleada por el sistema actual no funciona, ya pasen mil generaciones, ya hayas sido un genial o pésimo estudiante. Porque hasta los estudiantes más brillantes, con sus matrículas de honor, pasado el tiempo de estudio recuerdan lo más básico de lo aprendido.

"¿Por qué no hacen las palabras más fáciles de entender?", pregunta el chico. A lo que el padre le contesta: "Esa es buena pregunta, no sé quién lo decide". Atiborran a los estudiantes con conceptos, abstractos aún para unas mentes no preparadas para asimilarlos, y se torna en algo superfluo, pues ocupan un espacio en su cabeza demasiado valioso que a esas edades se podría aprovechar para cultivar algo más útil. Los conceptos se pueden desarrollar con la madurez, y de hecho es lo natural, pero la imaginación es un bien no retornable; o se incentiva y se despliega a edades tempranas, o corremos el riesgo de perderla para siempre.

"Le hago su trabajo y no sirve para nada", confiesa el narrador, que alude a la la expresión "comprender + aprender = mal de escuela", para recordar que cuando leyó el libro Mal de escuela de Daniel Pennac, el sufrimiento que revivió a través del reflejo de su hijo, dio lugar a esta película: "sentirme prisionero del colegio con los deberes de mi hijo me resultaba insoportable, entonces hice esta película, como cuando dibujas en clase, para escaparme egoístamente; una vía de escape a cualquier precio".

El realizador emplea metáforas sobrecogedoras para describir el temor de su hijo ante las lecciones, que es el suyo ante la filmación de este documental: "Ángelo se aferra a las fracciones y a las reglas gramaticales como si fueran un cinturón de seguridad escurridizo, con el miedo improbable de que nadie le quiera. Hoy día, creo que soy yo quien se le parece. Me aferro a esta película con el miedo de que mi niño no me vuelva a querer, por culpa de los deberes". Ludovic intenta recuperar su tiempo perdido en la escolarización tratando de que su hijo no metabolice esta etapa como como la vivió él.

En los repasos de Inglés, el padre reprende al hijo porque no se ha aprendido el vocabulario, lo que evidencia también el método de enseñanza de idiomas de la escuela, demostrando su ineficacia práctica: "como explicarle a mi hijo que no lo están evaluando a él, sino a la restitución de un conocimiento temporal, que sus notas están inventadas para marcar sus debilidades en lugar de sus progresos". Se trata de un sistema diseñado para para la absurda competitividad y para fabricar personas frustradas e infelices el día de mañana: "en la escuela, la potencial dicha de aprender se somete a la espada de Damocles".

El responsable de este film se enerva con diferentes aspectos del modus operandi de muchos maestros a la hora de aplicar la metodología, que ya son lugares comunes en las críticas de muchos padres en la actualidad. Son cuestiones como mandar lecturas de textos kilométricos para luego exigir ejercicios imprecisos, o la ya archiconocida queja sobre la desorbitada y en ocasiones innecesaria tarea que se manda para hacer en casa, con la que consiguen extenuar a los estudiantes.

Ludovic y Angelo, padre e hijo en el film 'La hora de los deberes'
Ludovic y Angelo, padre e hijo en el film 'La hora de los deberes'

Asimismo, el documentalista consigue erigirse en portavoz de muchas familias, que cuestionan el programa didáctico cuando tienen que recurrir a Internet para buscar información, porque los contenidos de las materias están demasiado simplificados y no profundizan en absoluto, disponiendo para colmo de un libro y dos cuadernillos para tal menester. El autor del documental también muestra de soslayo la cantidad de material escolar que los padres deben asumir financieramente para que sus hijos estudien.

Padre e hijo comparten su hermetismo y odio hacia las matemáticas disparando un mensaje digno de reflexión al cuestionar si realmente están en situación de poder odiarlas, pues "es la asignatura más poderosa, la que machaca a las otras, la que filtra a los alumnos por el embudo de la escolaridad".

Angelo le espeta a Ludovic "odio las mates", a lo que este le replica "cuando las entiendas será más divertido". El papá va a buscar un diccionario para intentar hallar explicaciones, como si eso fuera a simplificar las cosas, ya que ocurrirá lo contrario, tal como narra en off: "Qué hipócrita soy, mi argumento no podía ser menos científico", preguntándose de forma inteligente si la emancipación de su hijo implica obligatoriamente que aprenda algo que él no ha elegido.

Son los últimos estertores de la película y su director decide establecer un paralelismo con la entrega de las calificaciones; se atisba el final del curso escolar. Se sientan a repasar las notas. Ludovic le pregunta a Ángelo si un 3,75 es buena nota. El niño contesta que para él es óptima, alegando que muchos compañeros están satisfechos con esa misma puntuación, lo que denota que el fracaso escolar está ya culturalmente aceptado en esta sociedad como algo no sólo normal, sino positivo. Su padre vuelve a reflexionar en voz alta: "la mayoría de los alumnos pasan de curso año tras año, a otros, repetir no les sirve de nada. Mientras, la solución del sistema educativo es hacerles pasar de curso a pesar de todo, hasta Tercero, cuando por fin se libran de ellos".

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