Vacunas; mitos y leyendas

Cuando los españoles desembarcaron en el "nuevo mundo" llevaron consigo un regalo no deseado: las enfermedades. Antes de la llegada de Colón, la población de los Incas se movía en una cifra en torno a los 15 millones de habitantes. En el siglo XVIII, tras la propagación de la viruela, apenas quedaban un millón y medio. El virus también había causado estragos en Europa durante cientos de años, con una tasa de mortalidad que llegó a ser del 30% en los pacientes infectados, hasta que en 1950, la Unión Soviética logró su erradicación tras liderar una exitosa campaña de vacunación mundial.

Esta misma semana, la revista médica especializada 'The Lancet Global Health', ha publicado los datos de un estudio realizado por la Escuela de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, que cifra en casi dos millones el número de niños que han logrado sobrevivir gracias a las vacunas contra la neumonía y la meningitis, o lo que es lo mismo, una reducción de un 90% de la mortalidad infantil relacionada con estas dos enfermedades, durante el periodo comprendido entre los años 2000 y 2015. Antes de esto, 900.000 menores morían cada año a causa de dichas dolencias. 

Son solo dos ejemplos, una pequeña muestra, pero hay muchos más: difteria, polio, meningitis, hepatitis A, hepatitis B, gripe, paperas, tos ferina, neumonía, rotavirus, rubeola, tétanos, tuberculosis, cólera, infecciones por meningococos, infecciones por neumococo, sarampión o varicela son algunas de las enfermedades que representaban la primera causa de mortalidad en Europa a principios del siglo pasado, y de las que hoy en día, por obra de las vacunas, estamos a salvo.

Edward Jenner se percató de que las recolectoras de leche que resultaban infectadas con la viruela bovina quedaban a salvo de la viruela común

El panorama comenzó a cambiar en 1796. Fue entonces cuando un médico rural inglés llamado Edward Jenner se percató de que las recolectoras de leche que resultaban infectadas con la viruela bovina, debido al contacto con los animales, quedaban a resguardo de la viruela común. Es decir, se hacían inmunes. Lenner decidió probar su teoría inoculando la viruela bovina  en un paciente sano. Cuarenta y ocho días más tarde, ya recuperado, repitió la operación con la viruela común, pero en esta ocasión, el contagiado no mostró ningún síntoma de dolencia. Desde entonces, la bautizada como vacuna de Lenner comenzó a extenderse, primero por toda Europa y más tarde por el resto del mundo, hasta que en 1980 la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente a la viruela como la primera enfermedad erradicada de nuestro planeta.  

El segundo hito en la historia de la vacunación se produjo en la década de 1880 gracias a Louis Pasteur, afamado científico y figura clave en el desarrollo de la medicina moderna. Pasteur logró desarrollar vacunas para el cólera aviar y el ántrax, tras un experimento que llevó a cabo en una granja del norte de Francia. 

El 5 de mayo de 1981 inyectó un cultivo atenuado de la bacteria Bacilus anthracis a un chivo, seis vacas y 24 carneros. El 17 de mayo fueron inoculados con una dosis en la misma cantidad pero más virulenta y el 31 de mayo hizo lo mismo en los animales ya vacunados con cultivos aun más agresivos, además de en otros 29 que no habían recibido la inmunización. El 2 de junio, un selecto número de personas fueron invitadas a conocer los resultados: todos los animales vacunados estaban bien mientras que los no vacunados habían muerto o estaban a punto de hacerlo. A raíz de este experimento, Pasteur introdujo el termino vacunación, que contiene la raíz latina vacca, un homenaje a su predecesor, el doctor Jenner y su experimento con la viruela vacuna.

Uno se pregunta qué pensarían Jenner y Pasteur si viviesen en estos días en los que cada vez son más el número de adeptos al movimiento antivacunas, en cuyo argumentario se repiten una serie de bulos que han ido extendiéndose como una patina en los tiempos de la posverdad.

Recordamos, por aproximación temporal, el caso de Javier Cárdenas. El locutor aprovechó su programa de radio, con una audiencia superior al millón de oyentes, para extender la rumorología, mil veces desmentida, que relaciona las vacunas con el autismo. "El autismo se ha convertido en una epidemia. Para que veas hasta qué punto algo se está haciendo mal, seguro, desde un punto de vista de las vacunas”, aseveró.

Este chisme  tiene su origen en un estudio del médico británico Andrew Wakefield, publicado en 1998 en la revista 'The Lancet'. La investigación, realizada con 12 niños, concluía que la vacuna de la tiple vírica (sarampión, paperas y rubeola) era causante directo del autismo, pero todo resultó ser un pérfido vodevil. Poco después, una investigación periodística destapó que Wakefield había manipulado los resultados. Los menores fueron seleccionados por un despacho de abogados que estaba al cargo de la acusación de una pareja contra un laboratorio de vacunas. La noticia provocó la expulsión de Wakefield del Colegio General Médico Británico por "comportamiento irresponsable y deshonesto",  'The Lancet' se apresuró a retirar su trabajo  y los editores redactaron una disculpa pública.

No existe relación alguna entre las vacunas y el autismo, ni siquiera entre los niños con hermanos afectados por este trastorno del espectro

Posteriormente se han realizado multitud de estudios que han desmontado científicamente la farsa. El más importante fue el realizado por la institución médica estadounidense 'Lewin Group' con una muestra de 95.000 niños, que determinó que no existía conexión alguna entre la vacunación y el autismo, ni siquiera en el caso de los niños que tienen hermanos afectados por este trastorno del espectro. "No hemos encontrado ninguna asociación entre la vacuna y un mayor riesgo de desarrollar autismo, tampoco entre los niños con menores afectados", concluyeron. 

A pesar de toda la narrativa científica que se afana en desmontar la fábula alrededor de las vacunas, los mensajes apocalípticos siguen teniendo tirón. Tras las declaraciones de Javier Cárdenas, los médicos de familia alertaron de un descenso significativo en el número de vacunaciones.  

Los medios de comunicación son el mejor canal de transmisión para la desinformación contra científica y conspiranoide. En el año 2005, las revistas 'Rolling Stone' y 'Salon' publicaron un artículo de Robert F. Kennedy JR (sobrino de JKF) que, aunque carecía de formación médica, se atrevió a asegurar que el Tiomersal, un compuesto químico que contiene mercurio y se utiliza como conservante en muchas vacunas, provoca daños cerebrales e incluso, seguro que lo han adivinado, autismo. De nuevo, ambas publicaciones se vieron obligadas a rectificar después de recibir una oleada de críticas, incluyendo un desmentido oficial de la Organización Mundial de la Salud. Además, desde el 2001, cinco años antes de la publicación del reportaje, el Tiomersal dejó de utilizarse en la gran mayoría de las vacunas que se administran en Estados Unidos y Europa, sin que ello haya supuesto un descenso en las dolencias que el Kennedy menos talentoso le achacaba.

La presencia de aluminio en las vacunas no provoca daños cerebrales. Los bebés pueden eliminarla de su organismo de forma natural

Debido, quizá, a que la falacia del mercurio no resultó  ser demasiado convincente, los antivacunas fijaron su nuevo objetivo en el aluminio, un metal que se utiliza como adyuvante, es decir, para aumentar la eficacia de la vacuna, y que los conspiranoides señalan como potenciador de daños cerebrales. Sin embargo, no hay nada que temer. El aluminio es un elemento común en la naturaleza, presente en el aire, el agua, la tierra, la comida  e incluso en la leche materna. Los bebés sanos lo eliminan rápidamente de su organismo y solo en el caso de que padezcan problemas renales, y tras haber estado expuestos a grandes dosis de este metal durante varios años, podrían experimentar alguna dolencia. En 2014, el Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría se manifestó al respecto, asegurando que "las sales de aluminio se usan como adyuvantes de vacunas desde hace más de 70 años y nunca se ha relacionado ningún efecto adverso relacionado con el aluminio que contienen algunas vacunas".

Otros de los mitos más cacareados sostiene que la hexavalente (una combinación de difteria, tos ferina, polio, hepatitis y Hib) es la causante del síndrome de la muerte súbita del lactante (SMSL), causa del fallecimiento repentino de los  infantes menores de un año que no presentan síntomas previos. La polémica surgió tras la muerte de cinco niños, cuatro en Alemania y uno en Austria. Las autoridades europeas revisaron uno a uno los casos, resolviendo que no existía relación directa entre la administración de la vacuna y los decesos. Es más, tras revisar los expedientes médicos y las necropsias, concluyeron que los fallecimientos se hubieran producido igualmente aunque los niños no estuviesen vacunados: "Las defunciones por síndrome de muerte súbita del lactante son casualmente coincidentes con la vacunación y hubieran ocurrido aunque no se hubiesen administrado las vacunas".

A pesar de toda la información científica, de las advertencias de las organizaciones sanitarias, de la pedagogía constante de los profesionales de la medicina y de las campañas de concienciación de las administraciones públicas, el movimiento antivacunas sigue generando adhesiones. La última en sumarse ha sido Kat Vond D, una afamada tatuadora que a propósito de su embarazo afirmó estar dispuesta a exponer a su hijo a un riesgo innecesario. A través de una publicación de Instagram, donde tiene cerca de 7 millones de seguidores, Vond D anunció que no tiene intención de vacunarle, y aunque los comentarios negativos han sido una constante, lejos de hacer propósito de enmienda, se ha reafirmado en su postura  porque  "este es mi hijo, este es nuestro embarazo y este es nuestro viaje".

Si bien no existe legislación que obligue a cumplir con el calendario de vacunación, sería deseable que las leyes no tuvieran que actuar para regular los espacios reservados al sentido común. Los hijos no son una propiedad material de sus progenitores, aún estando en su derecho de elegir el modelo de crianza que consideren más adecuado. Entre los aprendizajes y las muchas herencias que un hijo tiene que recibir de sus padres, la estupidez no debería ser una de ellas.

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