Viaje al centro de la infamia

En los rincones más oscuros de la memoria colectiva permanecen ocultos algunos pasajes que a lo largo de los años han quedado silenciados condenados por el tiempo y el olvido. España es un país desmemoriado que 40 años después del fin de la dictadura continúa temeroso de enfrentarse a los demonios que ensombrecieron su historia más reciente. Cemento sobre las fosas y un azucarado relato de la Transición son las recetas para un enfermo que adolece de la cobardía de no ser capaz de mirar atrás y cerrar las heridas por las que todavía supura el dolor de las víctimas.

Durante los primeros años de la dictadura, el régimen franquista centró su esfuerzos represivos en limpiar del escenario público a la disidencia política que se había dejado la piel en las trincheras de la guerra. Las cifras de la purga no son exactas pero oscilan entre los 140.000 y los 300.000 asesinados, la mayoría entre 1939 y 1940, cuando se llevaron a cabo varios centenares de fusilamientos al día. La Asociación para la Memoria Histórica ha localizado 2.591 fosas repartidas por todo el territorio nacional, donde todavía hoy permanecen sepultados los cuerpos de 140.000 personas.

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Entre 140.000 y 300.000 personas fueron fusiladas tras el fin de la guerra

Cumplida la labor de librar a España de la malévola influencia de las hordas comunistas llegó el turno de inocular al país con las más férreas doctrinas del catolicismo. Si años antes, las Repúblicas habían dado pasos hacia la laicidad del Estado, el fundamentalismo del nuevo régimen sometió la moralidad de los ciudadanos al juicio implacable de la fe. De sobra es conocido que las relaciones que van más allá de la dualidad hombre-mujer no son del agrado de la Iglesia, así que todos aquellos que amaban de otras formas fueron susceptibles de la persecución y el encarcelamiento.

Los Obispos que procesionaban bajo palio al dictador lograron en 1954 una modificación de la Ley de Vagos y Maleantes, para incluir a los homosexuales entre los posibles infractores porque "ofenden la sana moral de nuestro país por el agravio que acusan al acervo de buenas costumbres, fielmente mantenido en la sociedad española". A partir de ese momento el colectivo LGTB pasó a recluirse en los armarios de la clandestinidad, temerosos de las miradas indiscretas y los chismorreos de vecindario, y es que la represión no hubiera sido tan efectiva como resultó sin el colaboracionismo de los chivatos de escalera.

  • Viaje al centro de la infamia.

En 1947, Francisco Aylagas, Director General de Prisiones, llega en un buque a Gran Canaria. El objetivo del viaje es encontrar nuevos usos para los terrenos de las islas, por aquél entonces páramos inhóspitos sin funcionalidad para el Estado. Ya en los tiempos de la República se había planteado la posibilidad de convertir el archipiélago en una suerte de cárcel inexpugnable para la confinación y la reeducación de los presos, pero fue con el franquismo cuando lo que tan solo era un proyecto traspasó los límites del papel.

No será hasta seis años después, cuando José María Herrero de Tejada, sucesor de Aylagas, autoriza la construcción de una cárcel en Tefía, un antiguo asentamiento aborigen localizado en la Isla de Fuerteventura. Bajo el eufemismo de Colonia Agrícola, las instalaciones se levantaron en un antiguo aeródromo en desuso, cedido por el Ministerio del Aire. En marzo de 1954, seis funcionaros de prisiones junto con 18 presos desembarcaron en la isla para trabajar en las labores de acondicionamiento.

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Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía

Casi todo la información que se tiene sobre lo que allí sucedió procede de la misma fuente; el libro Viaje al centro de la infamia, del profesor de historia Miguel Ángel Sosa Machín, que fija entre 80 y 100 el número de hombres, cuya edad oscilaba entre los 18 y los 23 años, que sufrieron aquél estricto régimen carcelario. Según las investigaciones de Sosa Machín, aproximadamente un tercio de los reclusos eran homosexuales cuyo único delito fue tener una orientación sexual discordante con la moralidad del régimen.

Pocos son también los testimonios en primera persona que avalan las torturas que sufrieron los presos, en parte porque fueron repudiados por sus familias y en parte porque muchos de ellos, años después, se casaron y tuvieron hijos, circunstancia que provoca que sean recelosos a "confesar" que estuvieron recluidos en un campo de concentración para homosexuales. Uno de los que sí se ha atrevido a alzar la voz contra la desmemoria es Octavio García, nacido en Gran Canaria y preso durante 16 meses en Tefía cuando solo tenía 22 años.

Según él mismo cuenta fue detenido por la denuncia de un vecino y sentenciado sin juicio ni posibilidad de defensa. "La exploración clínica evidencia que nos encontramos ante un amanerado con movimientos y gestos feministas así como su manera de hablar. Psiquismo deformado por su propia perversión. En el reconocimiento correspondiente con su dilatación esfinterina y casi desaparición de pliegues nos permite formular el diagnóstico de pederasta pasivo. Es apto para toda clase de actividades".  Estas líneas corresponden al informe forense que se le practicó a Octavio y que sirvió como prueba de carga para su ingreso en prisión. "Pasé hambre, miseria, llanto, sufrimiento y mucho más", recuerda.

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Octavio García

Su labor, como la del resto de los presos, consistía en picar piedra, desde primera hora de la mañana hasta los últimos rayos de sol, y transportar agua de un pozo para llenar los bidones de agua salobre. La rutina de los trabajos forzosos se veía interrumpida habitualmente por las palizas que les infligían los guardias; por no trabajar lo suficiente, por desvanecerse tras pasar jornadas de 12 horas a pleno sol, por tomarse un segundo para respirar, por pedir agua, por echar una mano a un compañero que estaba al borde del colapso, por contestar demasiado alto, por contestar demasiado bajo. En definitiva, por cualquier trivialidad que despertara las suspicacias de los carceleros.  

Se les dispensaba una comida al día que consistía en  "escaldones de gofio con cebollas y sin aceite o guisantes llenos de insectos". Los más 'afortunados' podían llevarse a la boca los alimentos que sus familias les llevaban y que los guardias dejaban pudrirse hasta que un hedor nauseabundo les hacía irreconocibles al paladar. Fue tal el régimen de carestía que algunos presos llegaron a perder más de 30 kilos en cuestión de unos pocos meses.

Al frente de aquella institución estaba un sacerdote castrense de Vitoria, de formación carmelita, que disfrutaba marcando el paso con una vara de mando de la que también se servía para golpear las costillas de los presos. De sus informes dependía que aquellos "parásitos y sujetos indeseables" pudieran abandonar la Colonia tras el año mínimo de internamiento o los tres máximos permitidos, estancia tras la cual tenían prohibido residir en su localidad de origen, además de estar sometidos a vigilancia durante cinco años, en los que tenían que acudir a firmar a los juzgados una vez al mes.

  • El reconocimiento.

En 2009, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero reconoció al derecho a percibir una indemnización a todas las personas homosexuales y transexuales que por su condición hubieran sido encarceladas durante el franquismo. Octavio García fue uno de los pocos reclusos de la Colonia que solicitó la compensación, un total de 12.000 euros por los casi 500 días que pasó en los barracones del Auschwitz de Fuerteventura.

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Monolito homenaje a los represaliados en Tefía

El 17 de mayo de 2008, el Gobierno de Canarias y el Cabildo de Fuerteventura colocaron una placa de homenaje en el lugar que un día fue el centro de la infamia: "El Cabido de Fuerteventura en reconocimiento a la dignidad de aquellos que por razones sociales, políticas o de orientación e identidad sexual, sufrieron la aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes en estas dependencias. Queda esta placa como reparación de la sociedad democrática a una injusticia histórica".

La Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía cerró para siempre el 21 de julio de 1966. Los siete reclusos que aún permanecían en sus instalaciones fueron trasladados a la prisión de Santa Cruz de la Palma para cumplir el resto de su condena.

Para la desvergüenza queda el recuerdo del dolor y el sufrimiento de sus víctimas y la desmemoria de todo un país que 40 años después aún no ha aprendido una lección histórica: ajustar cuentas con el pasado es la única forma de no cometer los mismos errores en el futuro.

Memoria contra el olvido.

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Comentarios

JJP (no verificado) , Mar, 06/02/2018 - 00:56
Durísimo artículo.
La imagen del pelotón de fusilamiento es brutal de por sí, pero si tenemos en cuenta que hay un grupo de niños a la izquierda la foto se vuelve mucho peor.
Por otra parte, lo relatado en el campo de Fuerteventura es nauseabundo y el hecho de que en este país no se rindan cuentas de todas las atrocidades cometidas da lugar a que seamos el país de pandereta que somos.
Mondo (no verificado) , Mar, 27/03/2018 - 20:07
Me ha pasado exactamente lo mismo con la imagen del fusilamiento.Mal ir a una ejecución,muy mal pero,los niños?no es más que una obvia muestra de adoctrinamiento pero,no deja de ser asquerosa.